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Lo bueno de un niño malo.



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Recuerdo que desde pequeño siempre desee tener un solo juguete era el más anhelado pero pienso que nunca me porte lo suficientemente bien como para que Santa Claus me lo trajera en  navidad y pase algunas navidades esperando ese obsequio un tren, quizá el verdadero motivo por el que no lo recibí fue porque honestamente nunca fui un niño bien portado pues me gustaba hacer muchas bromas y travesuras, me divertía tanto cada vez que lograba hacer gritar a mis compañeras al mostrarles una rana o un pequeño ratón, todas se alborotaban y corrían alrededor del salón de clases pegando de brincos hasta que era sorprendido por mis maestros.

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Considero que nunca fui malo, más bien curioso e inquieto y lleno de energía gustaba de explorar el entorno y le daba rienda suelta a mi imaginación ya que en ese entonces era infinita y gracias a que mi madre siempre estaba tan al pendiente de la bebé; yo tenía tiempo de sobra para explorar, investigar e internarme en el campo que se encontraba a unas cuantas cuadras de donde vivíamos, ahí organizábamos expediciones mis amigos y yo, nos montábamos cada quien en su bicicleta, patines o en patineta a dar un recorrido por la cuadra para después ir al campo de beisbol a jugar también jugábamos canicas, trompo, yoyo, escondite y a los quemados, policías y ladrones una ocasión les propuse jugar a ser maquinistas por aquello de mi deseo de tener un tren pero por poco nos metíamos en serios problemas pues creo que dañamos las básculas para ferrocarriles que se encontraban en las vías del tren; entonces sorpresivamente un señor desde lejos nos gritó tan fuerte que nos asustó, rápidamente salimos todos despavoridos llenos de miedo y nunca nos volvimos a atrever a hacerlo de nuevo; a partir de ese susto casi siempre nos dedicábamos a recolectar saltamontes, grillos, orugas, ciempiés, desde luego arañas y chapulines estos últimos los guardábamos en una bolsa de papel cuando juntábamos bastantes los cocinábamos y comíamos era un delicioso manjar y quien nunca los ha probado no sabe de lo que se ha perdido.

Video: YouTube 

Mi infancia fue muy divertida a pesar de que tuve que lidiar con una buena cantidad de castigos escolares impuestos por mis maestros dado que les podía hacer veinte veces la misma pregunta para que me volvieran a explicar a pesar de haber entendido, también provocaba que se  desesperaran al repetir cuantas veces podía maestro, maestro, maestro, hasta que me callaban, alguna vez sorprendí a todo el salón tirando la regla de metal cuando todo estaba silencioso; algo por lo que todos ellos se quejaban continuamente era porque no requería esforzarme tanto para entender y obtener una buena calificación.

En casa era muy distinto pues mamá siempre fue muy paciente y comprensiva escuchaba con atención mis argumentos, creo que me comprendía o por lo menos no me juzgaba pues me abrazaba con amor mientras me decía eres un buen niño muy inteligente conduce esa inteligencia para algo bueno. Supongo que tenía razón pues hoy día estoy pagando cada una de todas las travesuras que les hice pasar a mis queridos profesores puesto que ejerzo la profesión de educador a nivel primaria gracias a mi ejemplo a seguir el maestro Leonel; tengo algunos alumnos que son tremendos pero que se han ganado mi estima y respeto y no solo eso puesto que me inspiran a ser mejor en lo que hago dado que tengo niños los cuales no cuentan sus familiares con los recursos necesarios para estudiar sin embargo se esfuerzan por cumplir y obtener una calificación aprobatoria todos los días, por cierto mi tren hace unos años me lo dejo Santa Claus en mi casa y comprendí que no lo dejo antes porque no había chimenea.

Fuentes: La Casa de la Báscula y Bebés y más